
Impresionante, sobran las palabras ante el nuevo disco de Opeth,
en el que el grupo se ha reinventado de un modo sencillamente
espectacular.
Si bien gozan de una discografía sin fisuras, algo que mantendrán
con este lanzamiento, es cierto que los tres últimos discos del
grupo, aunque excelsos en lo compositivo, adolecían de una cierta
repetición de esquemas que les impedían mantener la frescura de los
discos de los 90. Todo esto se acabo. No, tranquilo, Opeth no se han
vuelto más comerciales por convivir con Roadrunner, mantienen su estilo
propio y su feeling, pero han dado una vuelta de tuerca importante, han
conseguido una mezcolanza de estilos maravillosa, que marcará un punto
de inflexión en su discografía como no pasaba desde el ya lejano (como
pasa el tiempo) Blackwater Park.
Había un importante detalle que me inquietaba de este nuevo disco
y que por ello quiero citar desde un primer momento: Las bajas de Peter
Lindgren y Martin Lopez, que hasta ahora nos habían parecido miembros
fundamentales en el devenir de la banda. Se marcharon y comenzó el
escepticismo, los dos músicos elegidos para su reemplazo no eran muy
conocidos dentro de los círculos progresivos y parecía que la banda
podía quedar coja. Nada mas lejos de la realidad. Opeth no se ha resentido en lo más mínimo de estas dos bajas. Primero
porque aquí el que lleva la voz cantante (nunca mejor dicho) es Mikael
Åkerfeldt, por lo que sólo habría que preocuparse del estado de forma
compositivo de éste, que sorprendentemente sigue sin bajar un ápice (y
son 13 años componiendo nuevos temas regularmente, cuidado).
El
segundo motivo tiene nombre y apellido, Martin Axenrot. El nuevo
batería ya no es sólo que tape la ausencia de un batería realmente
excepcional como era Lopez, es que incluso lo supera, y eso es decir
mucho, pero pienso que realmente lo hace. Me esperaba unas baterías más
secas y sin tanta floritura al proceder Axenrot del Death Metal de
corte más "old school", pero estaba totalmente equivocado, la
complejidad, la diversidad de cada uno de sus golpes es impresionante,
no han podido hacer mejor fichaje.
Otra duda que me acechaba era, ¿cómo resultará ser la mezcla de
estilos que prometen para este nuevo álbum? Porque se hablaba de Jazz,
Rock Progresivo, Blues, Folk y casi cualquier género imaginable. Bueno,
pues la mezcla ya he dicho anteriormente que es soberbia, entre otras
cosas por la mesura y acierto con la que se tocan estos estilos, si
bien sólo tienen cierto protagonismo los toques folk y los sonidos
setenteros en homenaje a los grupos que tanto influenciaron a la banda,
y es que estamos ante el disco más progresivo de Opeth, ahí es nada. No
obstante, se mantienen los toques extremos, la banda continua fiel al
estilo que los encumbró y en ciertos temas nos encontramos partes
realmente duras.
Superados mis primeros prejuicios satisfactoriamente me dispuse a
disfrutar de un disco que en lo compositivo mantiene la riqueza y
grandilocuencia que siempre han caracterizado a los lanzamientos del
grupo, no apto para unas pocas escuchas por tanto, y sí para meter de
lleno el bisturí y recrearse con la cantidad de matices que tiene cada
tema, cuyo promedio es de nueve minutos, como siempre. Después de unas
25-30 escuchas en las que me he olvidado de cualquier otro disco o
grupo puedo decir lo siguiente:
"Coil" inicia la obra a modo de interludio, con sólo 3 minutos de
duración. La canción es realmente preciosa, un corte puramente folk
con guitarras acústicas y con una novedad importante, la adición de voces
femeninas a cargo de Nathalie Lorichs, que acompaña a un Åkerfeldt que canta mejor que nunca. Puro sentimiento.
Lo que viene después nos tranquiliza, en el primer tema
propiamente dicho del álbum, "Heir Apparent", Opeth demuestran que
no han olvidado las fórmulas extremas. Corte de puro Death Metal
progresivo, con una sucesión de riffs incendiarios e insanos, cuya
inspiración ya empieza a mostrar lo que se nos viene encima. El tema
más directo y salvaje del disco en todo un guiño hacia sus seguidores
extremos, que con la fama del grupo ya empiezan a ser minoría.
"The Lotus Eater" nos azota con constantes cambios de ritmo
haciéndonos perder cualquier referencia. Combinación de voces limpias y
guturales que da lugar a un estribillo espectacular y estructuras
progresivas de una maestría impoluta, donde la banda nos demuestra que
han alcanzado su madurez definitiva en lo compositivo, porque las
variantes que tiene este tema son tan amplias que darían para hacer un
disco entero. No para Opeth, claro, estos se vacían en cada tema y no
se guardan nada. 9 minutos mágicos de sorpresas constantes, como ese
paréntesis jazzistico que se marcan hacia el minuto 6. Genial, de
verdad, podríamos hacer una crítica aparte para este tema.
De la locura progresiva pasamos al sentimiento más profundo casi
sin darnos cuenta con "Burden". El tema más relajado del disco, el más
suave, el que más apela al sentimiento. Voces sólo limpias (prestad
atención a ellas, Mikael se supera una vez más) con guitarras y sintetizadores de puro prog. setentero. Ojo a los solos de teclado de Per Wiberg, que
se esta consolidando como un miembro clave en la banda. Por cierto,
para ese minuto final completamente acústico-desafinado y tan onírico
como diabólico directamente no tengo palabras, detalles de este tipo se
suceden a lo largo del álbum dibujando una sonrisa de satisfacción en
el oyente.
Tras este orgasmo acústico llega "Porcelain Heart", el tema más
típicamente Opeth de este Watershed, que nos puede recordar a los
primeros discos de la banda. Las partes limpias del Morningrise, las
guitarras de "Blackwater Park" o "Deliverance"... un tema muy bueno
pero también muy Opeth, y esto último es precisamente su gran defecto,
que en un disco que te sorprende a cada instante es llegar este corte y
encontrarte con algo ya muy visto, al menos para los fans de siempre.
El tema menos bueno del disco sin duda, aunque en absoluto desdeñable.
"Hessian Peel" es el sexto tema, el que menos llama la atención en
un principio, pero no nos confundamos, es una de las piezas mas
ambiciosas casi se podría decir que de toda su carrera. Más de 11
minutos de devaneos progresivos aderezados de partes muy folk y unos
arreglos soberbios, más aún que en otras canciones del disco. La
sección rítmica tremenda, no hemos hablado de Martin Mendez, que en
ciertos momentos está un poco tapado, pero se marca un trabajo de 10 con
el bajo, con algunos momentos estelares. Otra curiosidad, hacia el
minuto 2 nos encontramos estrofas recitas ¡al revés!, parece ser que
invocando al diablo a modo de ¿parodia?, ¿homenaje a Led Zeppelin
quizás?. El caso es que detalles así no hacen sino demostrarnos que
Watershed está calculado al milímetro.
Por último, "Hex Omega", vaya manera de cerrar un disco, qué
clímax final, menuda delicia de tema. Una canción relativamente
novedosa para Opeth, impregnada de influencias arábicas, melodías
misteriosas, unas punzantes lineas de bajo a cargo de Martin Mendez y
abundantes arreglos de violín. Precisamente estas partes de violín me
han recordado a la BSO de Lawrence de Arabia, desde la primera vez que
las escuche se me vienen a la mente los magníficos parajes de la
película inglesa.
Tratar de definir un disco de Opeth es tan extenuante como
gratificante, pero también es insuficiente. Hay que escucharlo, con
discos de tal calibre las palabras siempre se quedan cortas, son
sensaciones casi indescriptibles.
Digamos que, como mínimo, es uno de los mejores discos del
género en los últimos 10 años, porque decir que es lo mejor de un 2008
en el que apenas ha habido grandes lanzamientos (lo nuevo de Septic
Flesh si acaso) seria quedarse muy corto y no hacer justicia con la
magnitud del disco.
La pregunta sigue siendo, ¿bajarán el nivel algún día?, ¿Hasta dónde
van a llegar Mikael y los suyos en términos de reconocimiento? Porque
las barreras del metal ya las están trascendiendo.
Nota: 10/10